Dientes de león para perseguir los sueños

diente-de-leonPor Dalina Flores.

De todas las formas del lenguaje literario, la que más me gusta es la de la poesía. Es cierto que la narrativa es divertidísima; que permite atisbar en la vida y en las historias desde múltiples posibilidades. También es verdad que el teatro es la vida misma; el lugar donde se reúnen todas las artes; es más: hacer teatro significa ser dimensionado. No hay una sola de las formas literarias, desde las tradicionales hasta las más actuales, híbridas y generosas, que no sean divertidas y gozosas.

No puedo negar que el inicio de mi vida en la literatura fue a través de grandes narradores: Tolstoi, Wilde, José Agustín. Ni que cuando quise profesionalizarme, lo hice a través del teatro. Entonces viví muchas vidas y experimenté un sinfín de emociones; sin embargo, cada vez que llego a la poesía, me doy cuenta de que los dioses me acarician y me invitan a vivir otros sueños.

El lenguaje de la poesía nos pone en contacto con las emociones. Es precisamente el vehículo que nos permite conectarnos con el universo y con toda su fuerza creativa. La poesía es la música y el color del mundo. Por eso me lleno de emoción cuando encuentro poesía inteligente, altamente sensitiva, donde sus imágenes me llevan a evocar historias, emociones, aventuras, y que, además, me otorgan la posibilidad de cuestionarme el mundo. Y también me llena de satisfacción que estas experiencias estén al alcance de todo el mundo, desde el más pequeño lector hasta el abuelito más sosegado, a través de las encantadoras publicaciones de Ediciones el Naranjo.

Precisamente he leído, hace un par de semanas, Diente de león, un libro de María Baranda, Ilustrado por Isidro R. Esquivel (el mismo que ilustró, también, bellísimamente La guarida de las lechuzas, de mi amigo Toño Ramos), cuya factura es una delicia para todos los sentidos. Quise escribir inmediatamente para que todos mis amigos lo consigan y lo lean, porque, en definitiva, se trata de un libro imprescindible. De esos que todo el mundo debe leer para vivir; sin embargo, la experiencia de lectura fue tan intensa que tuve que dejar pasar algunos días para mitigar mis emociones.

Su lenguaje es amable, nos toca casi como en una caricia, pero también es crudo, y va trazando una historia dolorosa, de abandono y de soledad; no obstante recrea un universo luminoso, desde el que podemos atisbar dentro de nuestras emociones y sentir la belleza del amor y del mundo.

A través de una serie de viñetas aparentemente narrativas, porque sí: cuentan una historia, la autora presenta una secuencia de imágenes que nos lleva a recrear y a vivir con ella, a padecer, la vida de Laina, la ‘protagonista’. Desde lo más profundo de sus emociones experimentamos, a su lado, las sorpresas del abandono y del primer amor, de las pérdidas y de las esperanzas que siempre quedan tras los sueños. La vocecita dulce de la niña nos dice, mientras la acompañamos a vivir amargas y sorprendentes experiencias:

“El silencio se rompe

si avientas al aire

unas palabras

como si fueran piedras.” (25)

Y así, sus palabras nos tocan y nos hieren, como piedras lanzadas con acierto sobre nuestras cabezas, porque son palabras que seducen tanto como desamparan. Palabras que nos van guiando hacia un destino que quisiéramos evitarle no sólo a Laina, sino a todos los niños de once años que pueblan el mundo.

Porque Laina ha cumplido una edad en la que ya ser niña no tiene cabida y va reconociendo en las palabras nuevos sentidos que se desdoblan:

“Yo me puse

junto a la puerta y oí:

‘mañana’.

Mañana es una palabra

que arde en mi garganta.” (27)

En este bello libro, todas las palabras se incendian en el mismo instante en que se pronuncian y llenan de fuego nuestro corazón. Un fuego que nos hace querer arrojarnos al monte donde Laina pasa noches sin otro techo que la agonía del silencio estelar, pero acompañada por su amigo Maki:

“¿Dónde se guardan

los secretos?

Pienso

que en

mi mano

y en la de

mi amigo

cuando

las juntamos.”

No sólo la belleza de las palabras y de las imágenes es lo que nos cautiva, como lectores azorados; también, la apuesta de María Baranda es hacernos pensar y reflexionar sobre la realidad que nos circunda y que, en efecto, tiene mil rostros. El lector de Diente de león no puede ser pasivo; tiene que aportar su propia vida para la generación del sentido. Debe hacer inferencias desde la lucidez de su propio contexto vital, donde se yerguen las mil posibilidades que podemos construir para evocar una ausencia, el dolor de la represión, la exuberancia de las tradiciones.

Y donde, finalmente, encontraremos una revelación ancestral que nos permitirá seguir soñando:

“’¿A dónde va el sol

cuando se acuesta?’.

Le pregunté a mi abuela.

Y ella contestó:

‘a buscar los sueños

que guardan las flores

llamadas

diente de león’”

Y para saber realmente hasta dónde llegan nuestros sueños, podríamos empezar a buscarlos en la lectura de esta entrañable aventura lírica.