La experiencia literaria y el desbordamiento del sentido

Por Dalina Flores.

“La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. […]. Juego, trabajo, actividad ascética. El poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal.”
Octavio Paz

vladstudio_books_800x600_signedLa experiencia de leer literatura expone nuestra piel. Leemos y nos transformamos, la lectura tiene el efecto de un agresivo químico que, al entrar en contacto con nuestros sentidos, abre las puertas que los deja a flor de piel. Leer es sentir: despertar a todos los mundos, activar las emociones. Conectarse con el universo. Como demiurgo, a la altura del creador, el lector es un gigante que vibra y crea, posibilita el tránsito de sus emociones a través de la palabra. Y el espíritu de esta luz lo toca para siempre. Subir al irrefrenable tren literario, dejándose llevar por todo tipo de caminos, es una actividad que no permite vuelta atrás y, en este sentido es que trato de hacer un recuento de mi viaje, el que espero no termine nunca.

Antes que nada, quisiera compartir un principio que tengo muy arraigado sobre la lectura literaria: así como genera y activa el pensamiento crítico y estético, también es un vínculo afectivo primordial para el desarrollo integral de los individuos. La actividad lectora, en mi experiencia, siempre ha estado vinculada con los afectos: desde pequeña he tenido un acercamiento muy especial con mi padre porque los libros nos han permitido entrar en la dimensión de sus abrigadoras páginas; a través de ellas hemos sido cómplices, compañeros de aventuras, hasta enemigos entrañables, pero sobre todo, iniciamos un largo diálogo que aún no finaliza. Mi padre me acercó a los libros –o  debo decir que ellos fueron acercados a mí, pues si bien no contábamos con una nutrida biblioteca, recuerdo que cada rincón de mi hogar estaba repleto de libros; sobre todo, los baños. Era imposible entrar en una de estas habitaciones sin encontrar periódicos, revistas médicas y toda clase de libros que de inmediato ganaban la mirada. Así, cada vez que uno tenía “tiempos muertos” en el sanitario, podía aprovecharlos echándose un clavado tanto a la descripción de una enfermedad, como a la vida de Benito Juárez, a una novela de Jack London, o de plano consultar conceptos culturales complejos, transformados, con  las imágenes y el humor de Rius. La recámara de mis padres y la sala también estaban llenas de libros: desde El tesoro de la juventud hasta el Decameron, y todo, absolutamente todo, así, sin censura, al alcance de cualquier infantil y curiosa mano; y, a pesar de que éramos pequeños, siempre tuvimos una devoción muy particular por los libros: andaban regados por todos lados, pero en su total integridad.

Por otra parte, también fueron relevantes, en mi proceso lector, los incentivos que nuestros padres solían darnos para reconocer los méritos escolares: siempre libros. Recuerdo con nitidez aquel sencillo, pero manejable ejemplar de El príncipe feliz y otros cuentos, de Wilde, que clausuró mi curso de primer grado de primaria. Fue tan significativo que aún regresa a mi  mente la escena detallada: los libros que nos entregaron venían envueltos en papel de distintos colores; para mis hermanos azul y verde; para mí, rojo. “Mi libro” era azul celeste, como la ropa que traía puesta ese día. Recuerdo también, como una de mis primeras lecturas en soledad, lo que me hizo sentir la literatura, con El ruiseñor y la rosa, cuento que, como El príncipe feliz, me adentró en las pasiones narrativas y me hizo odiar, con igual intensidad, la petulancia, el egoísmo de los seres humanos, o bien,  el abandono que sufren los poetas…

Desde entonces, los libros han tenido una presencia sistemática en mi vida: aparecen en todos lados. Pero no sólo hace falta la presencia, también es primordial la interacción afectiva, con el libro (objeto) y con las personas. Para mi madre era importante que leyéramos nosotros mismos, pero más que eso, fue para ella una tarea constante acercarnos las historias y las palabras desde la oralidad: todas las noches de mi infancia fueron coronadas por hermosas canciones o por la lectura de cuentos en voz alta. Mi madre, luego de su jornada médica, regresaba a casa para darnos las buenas noches y ponía una silla entre mi recámara y la de mis hermanos y desde allí nos cantaba o leía. Recuerdo aún el dolor y el desamparo que me dejaban las historias de Totó, el leoncito huérfano cuyas aventuras se enmarcan en la búsqueda de una madre muerta, o el abandono de la pobre muñeca fea. Mientras se desarrollaba esta relación con mi madre, de forma paralela, notábamos –‘sin ser notado’, que mi padre, cuando no estaba en el trabajo, siempre estaba leyendo.

De forma casi inadvertida, toda mi adolescencia estuvo llena de libros: El retrato de Dorian GrayLa importancia de llamarse Ernesto (así me empezó a gustar el teatro), Los PardaillánSinué el egipcioEl principitoDe perfilEl principio del placer, lecturas tan fervientes que me hicieron escuchar, repetidas veces, lo que ahora le digo a mi hija, y que nunca creí que fuera capaz de decir: ¡ya deja de leer y ven a comer porque se enfría tu sopa!

Puedo asegurar que fui creciendo con mis lecturas: los libros me llevaron de la mano entre los arrebatos de mis primeros amores, la soledad de la incomprensión adolescente, el descubrimiento de la vida, del dolor. De Milán Kundera a Saramago puedo identificar con precisión mis estadios lectores, emocionales y físicos. José Agustín y los escritores de la onda acompañaron mis primeras pasiones juveniles; después vino Kafka y la decepción de la vida, el hastío, lo absurdo del existir que también me abrió la puerta de Camus, Brecht, Ionesco… La poesía dejó de ser declamación y se convirtió en cielo, en aliento que acariciaba mi espíritu más allá de cualquier materialidad, y así me poblé de Neruda, Sabines, Sor Juana, Agustini, Pizarnik hasta que García Lorca me mostró que la luna, realmente, es de plata. Y luego, los cuentos de Cortázar: con ellos descubrí que la literatura es un juego constante que te lleva a la ludopatía. Una vez que se cae en sus seductores brazos, el universo del lector se dimensiona a tal punto que, sin ella, es imposible respirar.

Después de eso ya no hubo vuelta atrás. Esta necesidad se convirtió en ambición profesional y me dediqué a las Letras, de tal manera que ahora, desde esta pasión, siento que si tenemos una riqueza inagotable que acabamos de descubrir es nuestra obligación compartir con los demás las llaves para tener acceso a ella. Tal como si hubiésemos encontrado la fuente de la eterna juventud, (que de nada nos serviría mantener en secreto pues al no compartirla, los que amamos nos irían abandonando con la muerte), así necesitamos ser felices en un mundo rebosante de lectores con quienes compartir estas pasiones.

El inagotable universo de los libros siempre me ha mostrado rutas por donde he creído que no existen alternativas. Actualmente, mis lecturas, más allá de las sorpresas que me deparan sus historias o emociones, se han nutrido del ámbito juvenil desde donde puedo construir puentes para seguir estrechando lazos afectivos con los otros, que, a fin de cuentas, creo, es el fin último de la vida: lo más estimulante que tengo ahora en mi vida es la posibilidad de establecer otros diálogos sin fin con mi hija y mis amigos, a propósito de divertidas y complejas estrategias narrativas de autores como Rowling, Tolkien, Collins, Javier y Antonio Malpica, Villoro, Serna, sin dejar de incluir aquellos imprescindibles como Cervantes, Foulkner, Grass y Pavic. De esta manera, el sentido literario que viaja en el papel (o en cualquier tipo de soporte físico) se desborda hasta tocar nuestra identidad y nuestras pasiones y nos conduce a la certidumbre de que no estamos solos en el mundo.

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